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El Infausto y Confuso Incidente de la Beata Fifina

Por: Amalia Perez Mejía

Había una gran confusión ese miércoles por la tarde, la población corría hacia la casa de Fifina como manada descarriada, Henry con apenas 8 años, también hizo lo mismo, planto una carrera para detenerse en el tumulto. Cuando llego a la multitud alcanzo a ver su madre dando órdenes a los presentes, pero nadie le hacía caso.

Las personas estaban apostadas en las ventanas de madera pintadas de blanco, cada quien como podía entraba sus ojos en una de las rendijas, apretujándose entre sí, se empujaban para poder alcanzar, aunque sea un cachito y mirar al interior de la alcoba.

Se escuchaban exclamaciones de asombros, pero el niño no lograba comprender el evento que había provocado tanto alboroto, se acercó a su madre, tirando con fuerza de su vestido de florecitas, pero ella no bajo la mirada en ningún momento, seguía tratando de probar su autoridad eclesiástica, ya que era la responsable de abrir y cerrar la iglesia cada vez que se oficializaban los servicios religiosos.

¡Dios mío como pudo hacer eso!, se escuchaban exclamaciones, ¡De ese pecado nadie la va a salvar!, murmuraban. Un hombre que apestaba a alcohol le grito a Henry «muchacho del diablo que tú haces aquí, tu no sabe el espectáculo que hay ahí dentro”. Esperando lo peor, el niño se imaginó que dentro de la casa había un cuerpo descuartizado bañado en sangre, estaba muy asustado buscando una rendija para poder ver el asesinato.

Los adultos le empujaban con fuerzas y cuando el niño estaba a punto de lograrlo reboto hacia el interior de la multitud, empujado por el mismo hombre que le había llamado hijo del diablo. Se armó de valor y recorrió la casa buscando una rendija, posando los ojos como un perro sabueso por cada unión de las tablas amarillas que formaban la arquitectura, dio la vuelta varias veces a la casa y se metió bajo la falda de una señora flaca muy alta, se aposté con la frente pegada al techo y encontró la rendija que buscaba.

Miro hacia dentro con soltura y amplitud entre la enagua de la señora, lo que vio no lo podía creer, con una sensación de asco y de placer, sentía como se agitaba su cuerpo, comenzó a sudar, pero ya no escuchaba los comentarios de afuera, aguzaba sus oídos para escuchar que se murmuraba al interior de la habitación.

Recordó haber visto una revista de porno en la barbería donde lo llevaba su padre a recortarse el cabello, comparo la imagen con la escena que estaba mirando y la mujer con las piernas abiertas que había visto en la revista, “es la misma imagen” pensó. Estaba mirando una mujer con las piernas abiertas y la cara tapada con una almohada, solo que tenían una diferencia, esta tenía una montaña de pelos y dejaba salir un trozo de un objeto blancuzco que no podía distinguir, la de la revista era lampiña.

Volvió a concentrarse en la imagen, mientras respiraba agitadamente, quería huir, pero una mezcla de morbo y tristeza le hacía mantenerse pegado a la pared, trataba de descifrar lo que decían dos señoras con batas blancas tratando de sacar el objeto de entre las piernas de la mujer postrada boca arriba en el lecho, sin emitir ningún sonido.

Alcanzo a ver un póster gigante de un actor famoso, era el único adorno en las paredes, el hombre con una camiseta gris sin mangas, mostrando su musculatura, medio caído, con una mirada profunda que conectaba con quien le miraba y una sonrisa de medio «lao», hacían perfecta la figura de un “macho man» atractivo y sensual.

Llego una ambulancia y se llevaron la señora, la población se dispersó y el muchacho también se fue, nadie hablo del hecho en la comunidad, todos al referirse al caso de la beata, lo hacían bajo secretos. Henry creció y se marchó a estudiar con una beca conseguida por su tío que era funcionario del presidente nefasto de la época, a un país europeo y regreso veinte años más tarde. Jamás se le había borrado la imagen de su mente y cuando llego al pueblo lo primero que hizo fue preguntar que paso ese día.
Entonces le contaron el bochornoso episodio que le costó la migración a la señora, quien se fue de la comunidad y nunca mas volvió. Bajo el mismo secreto le dijo el boticario que Fifina se le había partido un guineo dentro de su vagina, mientras se masturbaba frente al gigante posters que Henry había visto colgado en la pared, el mismo pertenecía al famoso actor de Hollywood James Dean.
Así concluyo la historia de la joven señora en una comunidad de nuestro profundo sur, hasta ahora nadie ha sabido de ella.

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