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La Fiesta del Chivo

Por Manuel Matos Moquete/escritor

Especial OjaDiario

Mario Vargas Llosa (1936) es peruano y ha escrito una novela enmarcada en la República Dominicana de los últimos meses de la dictadura de Trujillo: La fiesta del chivo,2000. La obra tuvo una tímida recepción en el país en el momento de su publicación. Un elemento de rechazo en un sector de los intelectuales fue la ideología del autor, colocada en la derecha neoliberal. La polémica activa hasta el día de hoy, en nuestra sociedad, en torno a Trujillo, fue otro elemento que dividió la recepción de la obra. Hubo y hay historiadores y testigos de la Era de Trujillo que emitieron una valoración muy negativa, acusando al novelista de distorsionar la historia. Hubo críticos literarios que consideraron incluso, que esa obra era de baja calidad literaria.

El tiempo es el gran maestro, y a él confiemos lo bien o lo mal fundado de los reparos a esa obra. Una cosa es segura: La fiesta del chivo fue muy importante para que Vargas Llosa obtuviera el Premio Nobel de Literatura 2010.Entonces reportaba la BBC el veredicto del jurado: “En su dictamen, la Academia Sueca justificó la entrega del galardón «por su cartografía de las estructuras de poder y su mordaz retrato de la resistencia individual, la sublevación y la derrota».

La alusión a la preocupación del autor peruano por el tema de las dictaduras en América es evidente. Por lo que a nosotros toca, el resultado de esa inhabitual “intromisión” de Vargas Llosa en los asuntos nacionales al novelar sobre la dictadura de Trujillo ha sido muy beneficioso para la novelística dominicana, y en general, para el país. A través de esa obra, ese autor nos enseña cómo manejar y desacralizar los hechos históricos, aprovechándolos para ampliar los horizontes de la narrativa de ficción, sin confundirse con la perspectiva del historiador o del autor de novela histórica.

El Enriquillo, de Manuel De Jesús Galván, nos colocó en el camino de aprender a hacer ficción a partir de la Historia, pero desde la perspectiva de la leyenda; por eso, el subtítulo de esa obra: leyenda histórica dominicana.

Nuestra novela se ha servido de los hechos sociales y ha salido airosa. De hecho, la perspectiva social es la que más ha trillado en obras como La mañosa, Over, La Sangre, Sólo cenizas hallarás y la mayoría de las novelas de Marcio Veloz Maggiolo.

 Sin embargo, ha sido muy “respetuosa” con la Historia y los personajes históricos, salvo excepciones como la novela de Viriato Sención, los que falsificaron la firma de Dios, caracterizada por su trato irreverente a la figura de Balaguer, y El Masacre se pasa a pie, de Freddy Prestol Castillo, la cual se salva de la férula del hecho histórico de la matanza de 1937 porque es un testimonio autobiográfico en primera persona en el cual la imaginación ocupa un buen espacio.

Pero desde la publicación de la obra de Vargas Llosa, en el país la ficción campea con derechos propios en el terreno de la historia, sin prejuicios ni cortapisas.

 A partir de esa obra la novela dominicana se ha liberado, definitivamente, del tutelaje del historiador. Ahora tiene todas las posibilidades para usar los hechos históricos como materia prima, sin encasillarse en la novela histórica, haciendo arte, divertimento, pastiche y cuantos inventos considere útiles para la literatura.

Puede así, profanar creativamente los sacrosantos derechos de la historia monumental y recrear episodios acerca de Manolo Tavárez Justo, Duarte, Caamaño, el trabucazo de Mella, los héroes de La Barranquita y cuantos héroes y gestas sirvan a los propósitos de la ficción. Y todo eso, sin tener la obligación de ser fiel a la verdad sino a los imperativos del arte, que no es imitación o reproducción de lo real: es invención, tanto si se vale de la realidad como de la imaginación.

 En la literatura no es la primera vez que un autor produce una obra relacionada con una realidad cultural extraña. Eso es común, y hasta lo que debería suceder cuando se trata de situaciones generales reales o imaginarias. Tampoco es raro que se escriba sobre hechos o ambientes específicos de un país extranjero. Pienso en novelistas viajeros. En las novelas de Ernest Hemingway ambientadas en Francia, España o Cuba; también en las novelas de André Malraux sobre la Indochina colonizada por Francia, la guerra civil española o la lucha entre el Partido Comunista Chino y el Partido Nacionalista Chino en Shangai.

No es raro tampoco que los extranjeros produzcan narraciones, ensayos y textos históricos sobre nuestro país. Ahí están como muestras, las obras La viña de Naboth 1844-1924, de Sumner Welles, El País de las Familias Multicolores, de Arthur J. Burks, Folklore de la República dominicana, de Manuel José Andrade, o si se quiere, sobre Trujillo: La era de Trujillo: dictador dominicano, Jesús de Galíndez, obra que le costó la vida al autor.

Nada de eso es fuera de lo común. Pero tampoco las reacciones generalmente suspicaces y adversas de los lectores nativos, sobre todo si son contemporáneos, acerca de los escritos sobre su país. Desde ese punto de vista, La fiesta del chivo aparece como un filtro de percepciones acarreadas por miradas extrañas y desconocedoras acerca de una realidad propia, ajena al escritor.

Ciertamente, hay vacíos de información en esa obra producto de la lejanía del autor con el contexto. Sabemos que Vargas Llosa realizó una ardua investigación documental, que contó con informantes de gran valía y que él mismo se valió de sus experiencias directas por ser contemporáneo de los hechos, la dictadura de Trujillo, y por los viajes que frecuentemente hizo al país. Sin embargo, nada de eso basta. Falta la cotidianidad de los hábitos y costumbres que aportan el pertenecer y el vivir cultural.

Sin embargo, para los fines del novelista esa falta de información no tenía gran importancia: escribir una obra de ficción, aunque basada en hechos históricos, pero, definitivamente de ficción. Vargas Llosa, como Hemingway, Malraux, Sumner Welles o cualquier otro escritor en esa situación, hizo lo que el caso mandaba a hacer: producir un llenado de información.  Tuvo que idear un complejo entramado narrativo con datos y experiencias producto de la imaginación y la invención. Y eso, no solo porque tendría que sustituir los vacíos del contexto, sino y, sobre todo, porque desde su práctica él se asumió desde su propia experiencia como novelista y no como historiador.

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