Opinión

Se necesita algo más que palabras

Por Alejandro Santana

Al igual que hace dos mil años el Mesías fue herido allá en Getsemaní cuando lo clavaron al madero, la sociedad dominicana también está herida en sus entrañas por la descabellada acción que acaba de cometer un escuadrón de la Policía Nacional, que, extralimitándose en sus funciones, segó cobardemente las vidas de una pareja de esposos y a la vez, jóvenes pastores, que la noche del martes 30 de marzo fue sorprendida cuando se desplazaba en su vehículo desde Villa Altagracia hacia Santo Domingo.

Ese día, finalizada la jornada de oración que tuvo una duración de alrededor de cuatro días, la pareja integrada por Joel Díaz y Elizabeth Muñoz, se aprestaron a salir desde la comunidad Los Colgados en Villa Altagracia, junto a otros miembros de su congregación, siendo interceptados a corta distancia, por dichos agentes, que sin mediar palabras y sin cumplir ningún tipo de medida protocolar, la emprendieron a tiros contra los inocentes ocupantes.

Es triste decirlo, pero casi nos hemos acostumbrados a que la policía, el día menos pensado nos despierte con una hazaña más de las que saben llevar a efecto, bajo actos desaprensivos cualquiera de los tantos gatillos alegres, que desde hace tiempo se sabe hay infiltrados en sus filas, y que solo usan el uniforme para crear afrenta y manchar la honra de la institución llamada a garantizar la integridad física de los habitantes bajo su cuidado y preservar el orden público.

Este hecho pone en evidencia, que definitivamente, la policía, como institución, ha llegado a un punto de inflexión donde ya el modelo de hacer gestión de seguridad ciudadana está virtualmente agotado, deshumanizado y carente de todo tipo de rigor sociológico, psicológico y tecnológico, y, por ende, los cambios y reformas que amerita, no pueden aguardar más, no pueden esperar más, de modo que su transformación no solo se hace necesaria, si no obligatoria e inminente.

Desde la noche del martes 30 de marzo la sociedad dominicana está consternada, y a pesar de los pronunciamientos de las autoridades se requiere de una acción que vaya más allá del simple lamento cotidiano. No basta con decir “lo sentimos”, no basta con que se emitan declaraciones amenazantes dirigidas a los “agentes del orden” dando a entender que no serán toleradas acciones como las ya acontecidas. Si no se toman medidas preventivas y de sanciones drásticas y ejemplarizadoras, eso se quedará como tantas otras veces en el decir, y el decir, como ya sabemos, son palabras que se las lleva el viento.

Es por todos sabido, que cada vez que ocurren hechos similares a este, se levantan voces indignadas, pero lamentablemente la realidad nos dice que en eso se quedan, pues a los dos o tres días, todo se olvida y al final no pasa nada. Y para que se produzca un cambio sustancial y de raíz, es obvio que necesitamos pasar de la reacción a la acción, de la inmediatez a la planificación, de la improvisación a la estrategia, y definitivamente, de ser parte del problema a ser parte de la solución.

Vale advertir, que lo que acaba de ocurrir no es nuevo. No es de ahora que a la policía se la ha estado yendo la mano. De hecho, ha sido un mal del que han padecido todos los gobiernos. Y así mismo hemos llegado hasta aquí sin que ninguno haya dado una solución a la ciudadanía; la misma que espera de sus autoridades una acción más contundente.

Se necesita un poco más de voluntad, un poco más de esfuerzo en dirección a encontrar la fórmula de un real saneamiento, depuración y selección del personal que tiene por encomienda resguardar no solo la paz ciudadana, sino también vidas y bienes, además de generar confianza en lugar de perderla, como desde hace tiempo ha venido ocurriendo.

Nadie duda que a lo interno de la Policía Nacional, se necesita una profilaxis intensa, profunda y de naturaleza integral. Una que incluya, no solo un cambio de método, de práctica y de abordaje a la hora de enlazar lo operativo con lo estratégico, sino de sentido común y de comprensión a la luz de los nuevos tiempos.

Desde hace mucho, la institución que se supone está para cuidar ha devenido en una amenaza para los mismos que no sintiéndose cuidados no saben en quién confiar, pues no es de dudar que la población anda con aprehensión y temor, bajo el apremiante de que, en el momento menos pensado, cualquiera sea confundido y la cosa termine en tragedia, cuando no, en un desenlace fatal, como ha sido el caso al que previamente hemos aludido.

Una sociedad que vive bajo una constante amenaza de parte de quienes se supone son los que están para brindarle seguridad y tranquilidad, no puede dormir tranquila. Y una sociedad que no puede dormir tranquila, definitivamente está al borde de pasar del insomnio a la pesadilla.

La manera civilizada y en calma con que la sociedad dominicana ha venido respondiendo hace tiempo a este tipo de ultraje ciudadano, es una clara muestra de que la misma ha madurado, en tanto que sus autoridades, por lo visto, todavía no están a la altura de las expectativas. Sin embargo, la sociedad espera. Quienes nos gobiernan, todavía están a tiempo de reivindicarse.

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