LAS DUEÑAS DEL AGUA: Una Geografía de la Resistencia

Lunes, 02 de febrero de 2026, por Luis Carvajal Nuñez
Cántico de las Raíces con Faldas
SANTO DOMIMGO, D.N- La levadura del río
fermentaba el alba
entre los dedos de
María de Jesús Pina Benítez.
Su horizonte, primer
surco en el lienzo de la noche.
Concepción Bona y
Hernández hilaba el azul
en la urdimbre abierta
de la geografía.
Cada puntada, un
relámpago
que enseñaba al sol a
mirarnos.
Filomena Gómez de Cova
depositaba en el clavel
la geometría precisa
de la ruptura:
un sonido de llave
quebrada propagándose.
Bajo el ruedo de la falda de
María Trinidad Sánchez,
la pólvora germinaba
un bosque subterráneo.
Su sombra, frente al
paredón,
era una bandera hecha
de raíces y desafío.
Rosa Duarte y Díez
escribía con la tinta del exilio,
acuñando monedas de
sombra para pagar por la memoria.
En el casco del
naufragio, plantó el nombre de la isla
como se planta un
árbol
en la lengua
abrasadora del volcán.
Juana de la Merced
Trinidad, la Saltitopa,
observa su cántaro:
espejo roto
donde el río olvidó su
canción.
La sed traza mapas
nuevos.
El metal ruge en las entrañas
del monte.
La deuda, bosque petrificado que
crece a nuestras espaldas,
follaje espeso de
cifras y silencio.
La patria se aferra al
barranco que se desmorona,
respira en el polvo
tóxico de la nube,
guarda la semilla que
rechaza
el inventario del
forastero,
mientras el arroyo
huye bajo tierra,
arrastrando consigo
nuestro reflejo.
El calendario es un
campo de batalla florecido:
Enero: cicatriz palpitante
en la mano que siembra en surco ajeno.
Febrero: relámpago en el rostro del poder.
Marzo: el machete que vela por el sueño del manantial.
Abril: empuje de la raíz contra la historia de la concesión.
Mayo: brote del yagrumo en la postilla del yacimiento.
Junio: el sudor que mancha el Contrato Estafa.
Julio, agosto, septiembre…
y cada amanecer
levanta el acta
de su rebeldía fresca.
Hora tras hora, la
patria se teje:
aroma de tierra
chamuscada por el fuego,
vereda ausente de los
planos de la minera,
escuela donde el río
aún reclama su nombre.
Minuto a minuto, la
libertad se forja:
faldas que custodian la
semilla originaria,
el «no» que
estalla en la garganta
cuando pretenden
mercadear el canto del gallo.
Latido a latido se
construye la patria,
para que el futuro no
sea un pagaré
firmado con lodo de manglar;
para que el aire no
tenga precio de remate;
para que el pan no conserve
el sabor del despojo.
La independencia es desafío
y juramento cotidiano.
Es la pupila insomne
en la atalaya,
la mano que retira el
alambre de espinas del estero,
la tinta que borra la
cláusula traicionera del tratado.
Es el quejido mineral
de la roca traicionada,
un sonido anterior a
todas las lluvias.
Somos el tiempo que
perdura.
La sal en la frente
del trabajo.
El cerrojo en el
camino ante la amenaza.
El juramento susurrado
al beber: cada sorbo de agua
clara es el territorio de libertad
que volvemos a nombrar nuestro.



