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La verdadera educación de un profesional

Lunes, 08 de septiembre de 2025, por a Licda. Angela Pérez Valenzuela

La educación profesional se demuestra con la actitud, no con los grados.

Santo Domingo, R.D.  Hace poco asistí a un taller sobre el nuevo Código Penal Dominicano, un evento de gran relevancia académica y jurídica. En el lugar estábamos rodeados de abogados, licenciados, profesionales con maestrías y algunos estudiantes. Era un espacio propicio para aprender, escuchar y reflexionar sobre un tema tan importante para nuestra sociedad.

Sin embargo, lo que viví me impactó profundamente. Yo pensaba que los profesionales, por su formación y nivel académico, tendrían un comportamiento ejemplar. Pero la realidad fue distinta: durante la conferencia los celulares sonaban uno tras otro, las conversaciones se daban en voz alta, hubo interrupciones constantes y, en más de una ocasión, fue necesario pedir silencio. La escena parecía más cercana a la de un grupo de niños inquietos que a la de un conjunto de profesionales reunidos para un debate serio.

Esto me llevó a una reflexión: ser profesional no significa únicamente tener un título o un grado académico. La verdadera profesionalidad se demuestra en la práctica diaria, en el respeto hacia los demás, en la disciplina y en la capacidad de escuchar. La educación que nos distingue no se mide por los certificados colgados en la pared, sino por la conducta y los valores que mostramos en cada espacio donde participamos.

Un verdadero profesional sabe que cada conferencia, cada reunión y cada momento de formación es una oportunidad para crecer. Y para ello se necesita atención, respeto y disposición a aprender. La ética empieza por lo más básico: escuchar en silencio, valorar el esfuerzo del expositor y contribuir al buen desarrollo del evento.

En este punto, recordé lo planteado por el filósofo y pedagogo José Antonio Marina en su obra La inteligencia que aprende. Según él, la verdadera inteligencia no se limita a acumular información, sino que debe aplicarse para mejorar la conducta, generar crecimiento personal y orientar las acciones hacia el bien. Este enfoque nos ofrece varias enseñanzas útiles para la vida profesional:

Desarrollo personal y profesional: cada experiencia, incluso los errores, puede convertirse en una oportunidad de aprendizaje, fortaleciendo nuestra capacidad de adaptación.

Toma de decisiones éticas: la “inteligencia ejecutiva” nos ayuda a regular emociones, actuar con ética y mantener disciplina frente a situaciones complejas.

Innovación en el trabajo: no se trata de repetir rutinas, sino de aprender a generar soluciones nuevas en el ámbito jurídico, administrativo o de gestión.

Autogestión y liderazgo: nos enseña a planificar, organizar y dirigir equipos o proyectos con mayor eficacia.

Además, la Declaración de la UNESCO sobre la responsabilidad social de la educación superior (1997) refuerza esta visión. La educación superior no solo debe transmitir conocimientos, sino también formar profesionales responsables, éticos y comprometidos con la sociedad. Esta declaración nos enseña que:

La verdadera profesionalidad incluye responsabilidad social, actuando con ética y considerando el impacto de nuestras decisiones en la comunidad.

Fomenta pensamiento crítico y liderazgo ético, ayudándonos a proponer soluciones responsables ante problemas complejos.

Promueve el aprendizaje continuo, recordándonos que ser profesional no termina con obtener un título, sino que requiere actualización constante y adaptación a los cambios sociales y tecnológicos.

Como reflexión final, tanto la experiencia vivida en el taller, las enseñanzas de José Antonio Marina y la Declaración de la UNESCO me recuerdan que la educación profesional no depende de los títulos, sino de la actitud. Ser profesional es, ante todo, demostrar con el ejemplo la ética, la disciplina, el respeto y la responsabilidad social que la sociedad espera de nosotros.

LICDA. ANGELA PEREZ VALENZUELA

Abogada del proyecto Asistencia Jurídica Solidaria de INSAPROMA

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