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La historia cambia la percepción

Por: Amalia Perez Mejía

Ella se despertó temprano y comenzó a mover los platos sin contemplación, me molesté tanto que no pude quedarme en la cama un rato más y salí dispuesta a recriminarle su falta de tacto en casa ajena. Le había dejado quedarse en mi casa porque me lo pidió una amiga, venía de provincia a una consulta médica, pero desconocía su diagnóstico.

La mire con los ojos ardiendo de ira, dispuesta a decirle que fuera más considerada, que necesito dormir, soy una persona que trabaja hasta muy tarde. Pero me desarmó con una amplia sonrisa, una bandeja con un blanco mantelito, una rebanada de pan tostado, una flor roja, que no sé de dónde la había sacado y una humeante taza de café.

Sonreí tan avergonzada, aquel gesto tan único en mi propia casa me dejó petrificada, tomé la bandeja y le pedí que se sentará conmigo a degustar el café. Así lo hizo y comenzó hablar con tal rapidez que tenía que preguntarle repetidas veces que quería decir.

Entonces agucé mis oídos para escuchar con atención cada palabra, como si fuera una historia de otra persona conocida, me contó sin preguntarle, era sobreviviente de cáncer, tenía unas mellizas de solo tres años y habían perdido su padre en la primera etapa del covid, luego se encontró con un exnovio que le estaba apoyando con la situación, sobre todo con la manutención de las niñas, quien después de conocer el diagnóstico médico desapareció.

Perdió su trabajo cuando terminó de darse las quimioterapias, concluyó la licencia de un año y al mes la despidieron. Sin padre sus hijas, sin su amante, sin su trabajo y toda su familia viviendo en Europa, además de que una de las mellas había nacido con una condición de salud permanente y debía llevarla todas las semanas al médico, recorría 250 kilómetros todas las semanas para llegar al hospital infantil donde atendían a su hija.

No era fácil para Yolanda venir del sur del país a la ciudad capital con apenas los recursos que recibía por parte de su madre y sus hermanas, quienes trabajaban como domésticas en un barrio de Madrid, además de su tratamiento, la depresión que había generado la separación de la persona que pensaba iba hacer su compañero en la situación que se encontraba. No se detenía ni un instante, construyó una casa para que sus hijas no quedaran desamparadas

Le presté toda la atención, escuchaba su historia y con algún sentimiento de culpas por haberla juzgado ante el movimiento estridente de los platos, me sentí más comprometida con la empatía. Aunque me estremecí con su testimonio, no me imagine en sus zapatos, con tanta energía y tanto positivismo frente a la vida, estaba convencida de que no cualquiera sostiene tal ánimo.

Es que se mostraba con una energía inusual en una persona que ha recorrido el destino tan desacertadamente angustiante, me enalteció la manera en cómo narraba los episodios de su vida, como si le hubiese ocurrido a un conocido de ella. Soltó una carcajada cuando me mostró una foto, donde ella literalmente estaba en los huesos.

Yo con un golpe de ternura me sentí que estaba al lado de una heroína, cuanto honor!!!, me sentí como la directora de cine, a quien le estaban narrando un libreto para llevarlo a la pantalla gigante, no podía creer que me estaba contando algo de la vida real con tanto entusiasmo, me decía que disfrutaba cada instante de su vida, que en dos años que lleva la pandemia, había organizado hasta su funeral, le había pedido a una amiga que la llevara a una modista para que le haga el traje que ella quería lucir en su Ferreto, había elegido una tela de color azul cielo, dice que cuando suba al cielo no quiere que nadie la vea y con ese vestido azul se funde en el azul celeste.

Con un dejo de tristeza que no había notado durante las dos horas que estuvimos hablando, me dijo: y sabes que, ahora el médico me diagnosticó de nuevo un cáncer en la garganta, después de declararme recuperada, seis meses más tarde vuelvo a aquejada por un dolor y me mando hacer una biopsia y en efecto, el cáncer vuelve a estar ahí, a pesar de haberse extirpado los dos senos había sido invasivo.

Me cubrí la cara con ambas manos, la cual ella me separó y me dijo con una amplia sonrisa de ángel, “me iré tranquila, ya encontré con quien dejar a mis mellizas que era lo que más me preocupaba».

Se marchó con su vitalidad, me dejó con la más importante lección de vida. Ahora miro al cielo cada día y contempló el azul celeste para asegurarse de que aún no se ha ido.

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