Opinión

Crónica de la Marea Alta (Al margen del Acta de Belém)

Martes, 25 de noviembre de 2025, por Luis Carvajal

El Extravío en la Selva

SANTO DOMINGO, R.D.-

Fueron al pulmón del mundo
a negociar el aire que queda.
Llevaron sus trajes de humo
a la selva húmeda de Belém,
se sentaron sobre la raíz viva
de la Amazonía,
no para oír el torrente
de la savia,
sino para cronometrar
cuánto le queda al fuego
antes de que sea rentable
su último suspiro.

Firmaron papeles
con tinta soluble a la lluvia.
Redactaron la prórroga del humo.
Decretaron que el petróleo
aún es sangre sagrada,
que la tierra aguante
un año fiscal más,
que el abismo
es solo una línea punteada
en sus gráficas,
y no este vacío
donde los pájaros
olvidan su canto.

Han legislado el clima
como una aduana
de fronteras frágiles:
creyendo que el huracán
revisa pasaportes,
que el ciclón memorizará
las cláusulas del acuerdo
antes de arrancar el techo de zinc
en Los Mina
o borrar del mapa
una playa en Samaná.

LA VOZ DEL ARCHIPIÉLAGO

Pero aquí, en el Caribe,
la física no admite sobornos.
Aquí sabemos
que el mar tiene memoria
de elefante
y hambre de tiburón.

No nos hablen
de “transiciones lentas”
a nosotros,
que nacemos
con el huracán en la nuca.

El océano hierve
con la fiebre de su codicia
y somos nosotros
quienes sudamos
el delirio.
El coral se blanquea
en silencio,
hueso de un esqueleto líquido,
cementerio de colores
que nadie llora
en las cumbres.

Nuestra isla
es un altar de piedra
en un mar que no cesa.

Cada centímetro que ceden
desde sus palacios de cristal
es un metro de sal
devorando nuestras siembras,
es el agua dulce
que bebe un veneno salobre,
es el mangle estrangulado
por la espuma plástica
de un progreso
que nunca nos devolvió
la llamada.

LA ESTAFA DEL TERMÓMETRO

Han declarado
“el fin del principio”,
cuando debieron gritar
el principio del fin.
Le han puesto precio
a la sombra
y han convertido el carbono
en moneda de cambio
para subastar el derecho
a seguir quemando
el futuro.

La humanidad
no perdió una cumbre;
perdió la inocencia
de creer en sus promesas.
El “acuerdo de mínimos”
es una condena máxima
para el campesino
que mira la tierra cuarteada,
para la abeja
que busca un polen extinguido,
para el niño que preguntará
por qué el invierno
es solo una palabra fósil
en los libros de historia.

LA RESISTENCIA DE LA CLOROFILA

Y sin embargo,
la vida
es más terca que el cemento.

Ante su fracaso
de corbata y protocolo,
nos queda la soberanía
de la raíz.

No aceptamos su disculpa
redactada por contables.
Nuestra disconformidad
no es un voto en una urna,
es una trinchera germinando.
Es cuidar del río
no como un recurso,
sino como a un hermano mayor.
Es entender, de una vez,
que la ecología
es la única economía
de esta casa común.

Si ellos no apagan la mecha,
nosotros seremos
la lluvia pertinaz.
Si ellos eligen el petróleo,
nosotros elegimos
la fotosíntesis.
Si ellos negocian con la muerte,
nosotros, desde este Caribe
solar y rebelde,
decretamos el estado de emergencia
de la ternura:
custodiaremos cada gramo
de oxígeno,
cada aleta,
cada pétalo,
cada orilla,
no por su utilidad,
sino por su parentesco.

El planeta no pide salvadores;
exige amantes
que no le huyan a su fiebre.
Y aquí estamos,
con los pies en la tierra ardiente,
dispuestos a ser el bosque entero
aunque ellos insistan
en jugar con hachas.

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