Opinión

Anécdotas de las vivencias en la izquierda

Por José (Chino) Bujosa

El Cabo Chino

En la Guerra del 24 de abril tenía 22 años. Militaba en la Agrupación Política 14 de junio en los tiempos del inmenso Manolo Tavarez Justo. Cuando estalla la revolución constitucionalista yo no había disparado en mi vida un tiro, aunque les confieso que me gustaba la milicia, Soñaba con ser aviador como mi tío Victoriano.

En el primer combate que participe fue en el asalto a la Fortaleza Ozama. Estaba desarmado ya que mi interés era alcanzar uno de los fusiles Far o ametralladora Thomson que con tanta prepotencia lucían los oficiales de las temibles tropas policiales denominadas por el pueblo Cascos Blancos.

En camino hacia la Fortaleza, que en esos momentos estaba siendo atacada por el glorioso ejército constitucionalista me detengo frente a la Catedral donde un grupo de combatientes subidos uno encima del hombro del otro formaba una cadena humana con el objetivo militar de alcanzar el campanario de la Catedral para localizar a un franco tirador que estaba produciendo muchas bajas. La operación militar estaba comandada por el jefe del ejército constitucionalista coronel Juan María Lora Fernández y Rafael -Fafa-Tavarez dirigente de la Agrupación 14 de junio entrenado en Cuba.

Mientras observaba el operativo note diferencias entre los dos mandos en cuanto a la conducción de la acción militar pero finalmente hubo coincidencias y todo salió como se había planificado: el franco tirador fue localizado y silenciado con un disparo.

Mientras esto ocurría civiles y militares atacaban fieramente la Fortaleza Ozama, la mayoría de los civiles desarmados. Yo estaba entre ellos. La táctica era colocarse detrás de uno armado para si caía en el combate tomar su fusil y remplazarlo. Así lo hice mientras los aviones P 51 y Vampiros ametrallaban la avanzada de combatientes que intentaba asaltar el fortín militar colonial por su entrada principal. Mientras avanzaba en cuclillas escuchaba el zumbido de las balas que pasaban cerca de mi cabeza. Aquello era un verdadero combate, los alambres eléctricos en el suelo y la humareda que causa los fusiles al ser disparado era parte del ambiente donde se respiraba un olor a pólvora y sangre. Así llegue al referido portón entrando de inmediato a la fortaleza observando en el patrio algunos cadáveres de policías que fueron impactados por las balas de los héroes.

Miro hacia la izquierda y veo a decenas de combatientes saliendo armados de uno de los depósitos de armas del fortín. Al penetrar con mucha dificultad ya los mejores fusiles y ametralladoras estaban en mano de los primeros que entraron. A mí solo me tocó un fusil Mosquetón de esos que se usaron en la primera guerra mundial y un revolver de 22 milímetro. Los sueños que tenía -desde niño- de portar un fusil M-1 Garang, un Fal, un M-14, a K 47 o una ametralladora Thompson se desvanecieron, tuve que conformarme con un Mosquetón y mi pequeño revolver calibre 22.

Al abandonar el arsenal me encontré con un uniforme verde olivo que me lo puse por encima de la ropa que portaba sin percatarme que la camisa tenía una raya de cabo.

Armado y uniformado me sentía muy orondo porque había cristalizado uno de mis sueños: ver mi país liberado del maldito Triunvirato. Al salir de la fortaleza me sumo a otros combatientes civiles que custodiaban a l más de participe en la captura de policías y en la custodia de estos que se mostraban temblorosos pensando que los comunistas lo iban a fusilar. estando en la Calle Las damas, custodiando una columna de prisioneros compuesta por más de una docena, un oficial trató de dispararme con un arma que aún conservaba oculta tras el chaleco militar. Al percatarme lo conmine a entregar la pistola que le fue arrebatada por otro combatiente de los que participaba en la custodia.

Cuando llevamos los presos a la cárcel que estaba en el Instituto de señorita Salomé Ureña un compañero que se había percatado de la raya de cabo que tenía la camisa militar me dijo, Que dice el Cabo Chino. Desde ese momento a nadie le respondía sino me llamaba Cabo Chino. Desde este lugar me dirigí al Comando central del IJ4 que estaba en la calle José Gabriel García, ahí me encuentro con el Comandante Juan Miguel Román que sonriente me dice: Cabo Chino y que tu hace con ese Mosquetón del siglo 19. Fue entonces que me ordenó pasar al comando Euclides Morillo que dirigía Pichy Mella donde hacia patrulla y custodiaba con un fusil Cetme español que pesaba más que yo. Así me libre del viejo Mosquetón el que solo dispare en una ocasión dejándome con el hombro muy adolorido por el fuerte retroceso que producía.

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